Puzles, dioramas de madera y una bonita historia sobre la amistad.

Últimamente estoy disfrutando muchísimo de esos juegos que te permiten bajar un poco el ritmo diario. Me gusta tomarme mi tiempo, coger el mando y empezar a construir. Colocar una pieza, girarla para encontrarle el sitio, ver cómo cambia el escenario y dejar que la historia vaya apareciendo mientras jugamos. Es una forma de jugar que me resulta especialmente agradable, casi como sentarse un rato a hacer una manualidad, pero desde el sofá.
Llevo tiempo siguiendo varios proyectos que juegan con esta idea. Uno de ellos es Book Nook, de Malapata Studio, donde vamos creando pequeños espacios en miniatura colocando muebles, objetos y decoraciones hasta conseguir que cada rincón cobre vida. El otro es Cutout Village, de DevilishGames, que llegará en los próximos días y que nos propone construir un pequeño pueblo trabajando con papel que tendremos que cortar, doblar y colocar. Dos propuestas españolas que, comparten ese gusto por construir con calma y disfrutar del proceso.
Y luego está Woodo, al que llevo ya algún tiempo siguiendo la pista. Desde que lo descubrí me llamó muchísimo la atención su estética, con esas piezas de madera pulidas, redondeadas y suaves, que casi puedes imaginar cómo serían al tocarlas. Hay algo muy bonito en ver cómo todas ellas van encajando hasta formar un pequeño diorama y, sobre todo, en la sensación de que no estamos simplemente resolviendo un puzle, sino construyendo la historia que tenemos delante, consiguiendo que el propio acto de colocar cada pieza forme parte de la historia, y que durante un rato nos olvidemos de las prisas para disfrutar simplemente de cómo todo va tomando forma.
Después de haber completado varios niveles, puedo decir que me ha sorprendido muchísimo. Además dispone de textos en nuestro idioma y cuenta además con un magnífico doblaje, algo que aprecio y que es difícil de encontrar en este tipo de propuestas. Esto lo convierte en un juego muy recomendable para jugadores jóvenes. Pero hay muchas otras bondades por la que merece que lo juguéis.
Woodo arranca hablándonos de Foxy, una zorrita acostumbrada a la vida cosmopolita, el teléfono, las redes sociales, el wifi y el ajetreo de una gran ciudad. Cuando tiene que pasar el verano en el campo, lejos de aquello que conoce, la idea no parece precisamente entusiasmarla. Sin embargo, ese cambio terminará llevándola a descubrir nuevas experiencias y, sobre todo, a conocer a Ben, una rana con quien establecerá una bonita amistad.
Woodo habla de cosas sencillas y reconocibles como la amistad, la empatía, el paso del tiempo y la capacidad de encontrar momentos felices en lugares o situaciones que inicialmente no esperábamos, mediante dioramas que representan esos pequeños instantes, y a medida que los vamos reconstruyendo, vamos descubriendo parte de la historia de su protagonista y otros personajes que la acompañarán en su aventura.
Antes incluso de llegar al menú principal nos encontramos con una pequeña introducción que funciona también como tutorial. Tenemos que colocar una serie de piezas de madera para decorar un baúl mientras una voz en off nos invita a reflexionar sobre algo que estará muy presente durante toda la aventura: el tiempo pasa y no podemos detenerlo, pero sí podemos atesorar los momentos y a las personas que nos han hecho sentir como en casa.
Me parece una forma preciosa de presentar el concepto del juego porque, sin necesidad de explicarnos grandes cosas, ya establece el tono de todo lo que vendrá después.

Woodo es a nivel jugable tan sencillo como satisfactorio. Cada escenario comienza prácticamente vacío y ante nosotros tenemos una serie de piezas que debemos colocar en el lugar correspondiente. Nuestro objetivo es reconstruir el diorama hasta devolverle toda su vida y su color.
Para ello tendremos que observar cada rincón, buscar dónde encaja cada objeto y mover la cámara para encontrar la perspectiva adecuada. No basta siempre con mirar el escenario desde el mismo punto, ya que algunas piezas se encuentran escondidas y tendremos que girar el diorama para descubrirlas. Incluso abrir cajones.
Cuando nos acercamos al lugar correcto, la pieza parece buscar su posición y termina encajando con suavidad. Es un detalle pequeño, pero funciona muy bien porque convierte algo tan sencillo como colocar un objeto en una acción tremendamente satisfactoria.
El juego permite además adaptar la experiencia a nuestro ritmo. Podemos regular la fuerza con la que las piezas se atraen hacia su posición e incluso desactivarla si queremos que encontrar el lugar exacto dependa completamente de nosotros. También contamos con un sistema de pistas para esos momentos en los que no encontramos lo que estamos buscando.
La dificultad aumenta ligeramente conforme avanzamos, pero nunca llega a convertirse en una experiencia exigente. Los escenarios van introduciendo nuevas formas de encontrar los objetos y algunos requieren que observemos con más atención, interactuemos con elementos concretos o descubramos qué ha cambiado en el entorno. Y creo que eso es importante porque Woodo no busca que resolvamos sus puzles cuanto antes, sino que disfrutemos del proceso.
También encontramos coleccionables repartidos por los escenarios. Podemos descubrir hasta diez pequeños monjes de madera, algo que nos anima a observar cada diorama con un poco más de atención e interactuar con los objetos que nos rodean.
Lo que más me gusta es cómo el juego consigue que completar un escenario se sienta como algo más que colocar piezas. Conforme avanzamos, aparecen animaciones, pequeños sonidos y cambios en el propio entorno. Un personaje comienza a moverse, un animal reacciona o una parte de la escena cobra vida. De repente, aquello que al principio parecía una maqueta vacía se convierte en un pequeño mundo.
Como experiencia de puzles es, eso sí, bastante sencilla. Quienes busquen desafíos complejos probablemente encontrarán poca dificultad, y tampoco estamos ante una aventura especialmente larga. Pero teniendo en cuenta lo que quiere ofrecer, creo que su duración y su ritmo juegan a su favor.
Además, como madre, encuentro en Woodo una opción especialmente bonita para jugar con los peques de la casa. No solo porque sea una experiencia tranquila y completamente accesible, sino porque mientras jugamos estamos trabajando de forma natural aspectos como la atención, la coordinación y la percepción del espacio. Y todo ello acompañado de una historia sencilla que introduce temas como la amistad y la empatía.
A esto se suma algo que para mí siempre es importante, y es que está disponible en español y cuenta con doblaje en nuestro idioma. Poder disfrutar de la historia y de su narración sin tener que estar pendiente de los subtítulos hace que la experiencia sea todavía más cómoda, especialmente para los jugadores más pequeños.

Si hay un apartado que consigue enamorar desde el primer momento es, sin duda, el visual. Woodo presenta sus escenarios como pequeños dioramas de madera combinados con ilustraciones que parecen realizadas con lápices de colores, como un cuento. La mezcla consigue que todo tenga un aspecto artesanal y acogedor, como si estuviéramos manipulando un pequeño juguete que alguien hubiera construido con muchísimo mimo.
Los escenarios parten de una apariencia más apagada y, conforme vamos colocando piezas, el color va ocupando cada rincón. Es casi como contemplar cómo una ilustración cobra vida delante de nosotros. La paleta de colores tiene además una sensación muy agradable.
La iluminación suave, las partículas, las pequeñas animaciones y los detalles que aparecen cuando completamos determinadas zonas hacen que los dioramas tengan mucho más movimiento del que cabría esperar inicialmente. Hay personajes que comen, animales que se mueven, peces nadando y pequeños objetos que reaccionan cuando terminamos de construir una escena. Son detalles sencillos, pero son precisamente los que consiguen que queramos quedarnos un rato contemplando el resultado.
Y si el apartado visual es importante, la música termina de construir esa sensación de refugio. La banda sonora tiene momentos melancólicos y otros más dulces, con acordes de piano que acompañan perfectamente el ritmo de la aventura. No resulta repetitiva ni pretende llamar nuestra atención constantemente. Simplemente está ahí, acompañándonos como otra pieza más de la historia.
Su tema principal es especialmente bonito y de esos que se quedan en la cabeza después de cerrar el juego. Creo que es una de las razones por las que Woodo consigue transmitir esa sensación de calma de una forma tan natural. Música, efectos de sonido y narración trabajan juntos sin competir entre ellos.
La voz de la narradora merece también una mención especial. Su interpretación en español es cálida, agradable y reconfortante, y funciona como una compañera mientras construimos los escenarios. No tenemos que detenernos continuamente para leer grandes cantidades de texto, sino que podemos seguir colocando piezas mientras la historia avanza de fondo.
Después de jugar a Woodo me pregunto, ¿cómo un videojuego puede transmitir tanta calidez? ¿Es la paleta cromática, las formas redondeadas de la madera que casi puedes sentir al tacto mientras las colocas? Quizá la música o el narrador.
Su propuesta es sencilla. Colocar piezas, completar escenarios y descubrir una historia. No hace falta mucho más para que funcione, porque cada elemento está pensado para acompañar ese ritmo pausado que propone el juego.
Me gusta especialmente que cada diorama sea algo más que un puzle terminado. Hay pequeños detalles, personajes y momentos que vamos descubriendo mientras lo construimos, haciendo que cada escenario tenga su propia personalidad y que la historia se sienta ligada a lo que estamos haciendo. Algunas de sus historias secundarias podrían haberse integrado de una manera más natural dentro de los propios dioramas, en lugar de quedar algo más alejadas de la experiencia principal. Es un detalle menor dentro de un conjunto que cuida mucho la parte audiovisual y, sobre todo, la sensación que quiere transmitir.
La dirección artística, la música y la narración forman un conjunto precioso. Hay algo muy agradable en coger una pieza, girarla entre las manos y encontrar el lugar en el que encaja, mientras la voz del narrador nos acompaña y el escenario va cambiando poco a poco.
Al terminar Woodo me quedo con esa sensación de haber pasado un rato tranquilo, de esos que nos hacen bajar las revoluciones casi sin darnos cuenta. Es un juego para jugar sin mirar el reloj, disfrutando de sus pequeñas historias, de sus personajes y de ese tacto imaginado de la madera. Una de esas propuestas que nos recuerdan que un videojuego también puede ser simplemente un lugar reconfortante en el que pasar el rato.
